Me suena muy coherente que un espacio como Museo sin Muros del Museo Nacional de Bellas Artes, haya acogido entre sus muros a los Talleres de Arte Caja Negra, en la celebración de sus 25 años de existencia.
Si bien las exposiciones que podemos ver en Mall Plaza Vespucio y Norte en Santiago; y Trébol en Concepción no son una recopilación visual de estos 25 años, si nos encontramos con textos, que se transforman en obras, en los cuales podemos leer parte de esta historia y comprender el por que de la larga vida.
Acercarnos desde lo visual y lo literal a los artistas que participan de esta muestra y de alguna manera también, al arte que no pertenece a los circuitos tradicionales, aunque igual nos encontremos con artistas consagrados que han construido su trayectoria hacia los circuitos de arte más institucionales o comerciales, como es el caso de Carlos Montes de Oca, que participa en esta exposición siendo uno de los que justamente no sorprende, no al menos al lado de los jóvenes que exponen junto a él en la Sala de Vespucio, que si tienen arrojo, voluntad y fuerza.
Entrar a esa Sala es toda una experiencia, es recorrer obras al muro, tales como, fotografías de Manuel Ormazábal, tolditos y pantallitas de televisión de Paula Rodríguez, pinturas como las de René Van Kildsdonk y Eva, una Artista Colombiana que pinta en pequeño formato, muy pequeño para Caja Negra, pero que funciona perfecto por su pulcritud y excelente montaje; hasta surfear altos pisos de Antonio Guzmán, con la cara de pinocho, el niño que miente y le crece la nariz, no el adulto que hizo eso y más; pantallas de tv con algunos divertidos y por supuesto otros no tantos videos arte, y los ya tradicionales paños camuflados de Víctor Hugo Bravo, hasta un increíble Estadio Nacional hecho con residuos, hallazgos y basura, lejos a mi juicio, la mejor obra en ese espacio; uno lo mira y da algo de temor sentir que el artista, Enrique Flores, luchó consigo mismo para no sobre saturar un espacio, dentro de otro espacio ya saturado por la cantidad de obras que ahí hay. Dentro de esa Sala y sin querer ser complaciente con los amigos destaco los pigmentos de Consuelo Lewin y la experimentación en cerámica de Melania Lynch, lejos dos de las artistas más consecuentes que conozco, al menos en el nunca bien ponderado “proceso creativo” del artista.
No se necesitan cédulas, no se necesita saber el nombre del artista, el que sabe, sabe; el que no lo intuye y si ya ninguno de esos dos casos son los que descifran nombres, no importa, Caja Negra no necesita etiquetar a sus personajes, parte de su trabajo es la colectividad y la pérdida de la autoría; y es eso justamente con lo que nos encontramos en Sala Norte; el gran CUBO, la gran Sala de Arte, la verdadera galería sin muros, que este grupo de artistas ha llevado a Argentina, al desierto, a la Moneda, a Valparaíso y a tantos otros lugares; verlo dentro de este espacio institucional resulta casi irónico pero funciona, es real, está el CUBO, ese objeto de deseo que todo joven artista quiere intervenir. Caja Negra lo hizo y ahora lo trajo al Bellas Artes, al menos a un brazo de éste.
El CUBO es un espacio bello dentro de ésta Sala, los que hayan visto estas galerías móviles antes, deben saber que no hay mucha forma de describirlo, es la unión de artistas que comparten un pequeño espacio, lo saturan y lo hacen ser obra, el CUBO deja de ser espacio virtual y pasa a ser una obra dentro de otras obras, lo cruzan unas cajas de madera de Sergio Cerón, le llueven neumáticos viejos, le cuelgan conejos, lo cruza una autopista con una micro del Transantiago, de José Tolosa, lo ilumina una pequeña lamparita con luz roja de Nicolás Raveau, que perfectamente podría ser el semáforo de la micro, ahí descansa una muñeca mutante de Ana Fell y por detrás cuida un pequeño y verde prado una gran cabeza de tela hecha por Melania Lynch. Todo esto rodeado por fotos y pinturas en las que destaco la juventud y rock de Javier Mansilla (con S), una lámina gigante del Güiro (no se su nombre) que nos muestra a un hombre vestido de "traje" plástico transparente, una excelente técnica fotográfica digna de apreciar, pero lamentablemente mal montada y una gigantesca palabra, que intuyo es en Braille, de Sergio Acevedo, un trabajo mínimo pero de gran formato y potente café, que a mí personalmente me gusto mucho junto al CUBO.
Por un asunto de logística y distancia no puedo escribir de Sala Trébol, técnicamente se que es un Sala que reúne la historia de La Caja, artistas consagrados y en formación son lo que ahí se encuentran, por lo que me parece un muy buen mix para que los penquistas puedan disfrutar de arte contemporáneo capitalino.
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